domingo, julio 24, 2005

La representación del indígena en el cine.

A partir de las películas “La nave de los locos”, “Mother dao” y “La diligencia” trataremos ver como los diferentes filmes, que pertenecen a distintas nacionalidades y épocas representan al indígena . Cabe señalar que algunas de las películas comparten un mismo tiempo, ya sea si se considera al material utilizado en “Mother dao” en relación al film de Jhon Ford o a la contemporaneidad existente entre la película anterior y “La nave de los locos”.
A fin de hacer más clara la exposición, tomaremos a “Mother dao” como la referencia central que unirá a las otras dos películas.
Con “Mother dao” se plantea la ausencia de quien mira a partir de la reconstrucción o mejor dicho de una articulación de los 200 films que el director se vale para edificar su mirada. Le otorga voz a aquellos otros que están enfrente a la cámara, pero que sin ella seguirían ausentes, ya que la mirada de esas películas representaba la visión de los colonizadores holandeses sobre la población de la India. El realizador emprendió la difícil tarea de narrar en primera persona, mostrando a quien habla, al mismo tiempo que nos habla.
Es el reverso de lo registrado durante el período colonial, ya que el tercero quien mira desaparece por completo dejando al otro un lugar predominante. Sin embargo es un tercero, una persona ajena a esa cultura la que articula los diferentes planos, y eso puede entenderse en un doble sentido; primero como una intervención participante que tiene como finalidad descubrir al otro y segundo demostrar la imposibilidad de comprender lo que nos es ajeno incluyéndolo dentro de una mirada totalizadora. Paradójicamente el realizador la utiliza para hacer todo lo contrario.
El director invierte la concepción de que la historia de la humanidad es una sola, perteneciente a la corriente evolucionista; realizando un film en la que la imagen del sujeto filmado reaparece no como algo exótico, sino como una reconstrucción de aquellos que no tuvieron voz, siendo vistos por las imágenes creadas por otros, que los consideraban inferiores.
Solanas y Getino nos dicen: “El lenguaje del enemigo no alcanza a neutralizar a los revolucionarios, sino que estos hacían uso de las posibilidades comunicativas brindaba el lenguaje colonial y lo revertían..” (1)
El realizador, a partir de la combinación de distintos planos pertenecientes a tiempos diferentes, no sólo en relación al momento de la toma, sino también al tiempo de la estructura interna de ese plano en función a la película a la que originalmente pertenece. Por medio de una voz femenina hace evidente aún más esto, ya que la misma nos dice: “... Es un ballet de cuadros fragmentados, se elevan aleteando en celebración que por sobre sus espaldas encorvadas baila y muere en la espuma vigorosa...... Durante un momento más se ven como sombras de una danza... que se pierden contra un enorme telón de fondo.”, .... nubes pasadas que soportan el tiempo desfasado...” ( 2)
Gilles Deluze nos dice: “...La narración no es nunca un dato aparente de las imágenes, o el efecto de una estructura que las subtiende; es una consecuencia de las propias imágenes aparentes, de las imágenes sensibles en sí mismas, tal como se definen primeramente por sí mismas...” (3)
Solanas y Getino opinan en relación a esto: “... la imagen es un dato de la realidad, una prueba que se define por sí misma y que no necesita el proceso intelectivo de la lectura y que, además de su significado conceptual, penetra sensiblemente alcanzando un nivel de persuasión muy superior a la mayor parte de los restantes medios de comunicación...” (4) Más adelante nos dicen:“... Lo que habla es cada imagen, cada sonido y el ordenamiento que se les da ...” (5)
No es casualidad que sea una voz femenina la que aparezca como la voz de aquellos hombres que son las imágenes vivas de un pasado que se reproduce, en un tiempo presente a 24 cuadros por segundo; ya que la misma representa la fragilidad de la población colonizada. Para decirlo con aquella voz tan corpórea : “... Cuenten todo otra vez. Cuenten mientras escucho todo otra vez...” (6)
El director por medio de la desnaturalización de los sonidos trata de producir un extrañamiento en el espectador, ya que a pesar de que éste tenga la posibilidad de recrearlos mentalmente se ve contrariado por un choque que se produce por la no correspondencia entre el referente y el sonido que da un significado nuevo al mismo. Probablemente sea una de las maneras de mostrar como los colonizadores destruyeron la naturaleza de esa población de igual modo que el director no nos permite percibir al objeto tal cual es . Para decirlo con Gilles Deluze : “...una civilización del tópico, donde todos los poderes tienen interés en ocultarnos las imágenes, no forzosamente en ocultarnos la misma cosa sino en ocultarnos algo en la imagen ... no se sabe hasta dónde puede llevar una verdadera imagen: la importancia de volverse visionario o vidente...” (7)
Nos muestra que no todo lo que se ve es siempre verdad; como no es verdad que ellos son los bárbaros y nosotros los civilizados. La imagen de un niño que se alimenta del pecho de su madre y luego fuma un cigarrillo parece ser contra natura, y tiene la clara intención de interrogar al espectador sí por ello dejar de ser niños aquellos fumadores que se alimentan del pecho de su madre.
Las imágenes muestran como los europeos intentan imponer su religión a los indígenas, forzándolos a cumplir con ritos que no les son propios. Sin embargo, no es violenta la imagen de un sacerdote forzando a los niños a hacer la señal de la cruz, obligándolos a imitar sus posturas. No es obsceno observar como se los manipulan, sometiéndolos a una religión que no le es propia, mientras que son testigos del sometimiento humillante de sus padres a trabajos de esclavos.
El realizador grafica dicha situación por medio de imágenes sostenidas por una música en la que se mezclan, pero sin llegar a confundirse los sonidos de un ritual hindú con el sonido de melodía religiosa.
Las imágenes hablan por sí solas, eso es lo que deja en claro el director, dando así una importancia vital a la imagen como signo. Refuerza este concepto la voz femenina que dice: “... Al principio estaba la palabra el mundo está hecho de palabras . El destino está enredado con las palabras y es por eso que me escondo detrás de las palabras y me hundo sin dejar rastros...” (8)
En “La nave de los locos” también se realiza un juego con el silencio del indígena, que representa su resistencia a ser juzgado por unas leyes que no son las suyas, y que tan sólo existen para ser usadas en su contra, nunca a su favor. Mientras que por otra parte sirve a un doble juego que permite que las personas que lo juzgan por la muerte de un muchacho y el incendio de un complejo turístico, lo crean un loco, un débil mental.
Para ejemplificar lo anterior recurriré una vez más a la voz femenina presente en “Mother dao” que nos dice: “... Si estoy en ti y tú estás en mí ¿ es por eso que yo soy el esclavo y tú el amo?...” (9)
La abogada, que decide defender al jefe de los Mapuches para poder defenderlo tiene que conocer la vida de los indígenas, participar de sus ritos, involucrarse con la comunidad Mapuche.
Curtis, un fotógrafo estadounidense, que en su diario escribió: ...” vi que no podía tomar fotografías si no entraba en su vida interna y la entendía desde su punto de vista, más que ser un mero espectador... sin conocer su vida política y religiosa no se puede realizar un buen trabajo fotográfico...” (fragmento extraído del apunte de Jay Ruby) (10)
Es interesante observar como a partir de la intervención de la abogada en la defensa del mapuche, ésta comienza a perder todos los beneficios y apoyos recibidos desde su llegada, pero su intromisión también perjudica a los que la rodean; como por ejemplo a su marido, que pierde su trabajo . Estas situaciones reflejan así, que la tolerancia por la otra comunidad tiene un límite, un punto en el que los blancos sólo aceptan la diferencia hasta que ella interfiere con sus objetivos. Jure a todo esto nos dice:”... se está sustentando una nueva estrategia de construir la otredad cultural basada, principalmente en reconocer, igualar, promover y difundir toda diversidad cultural, siempre que esta no contradiga, ni amenace, ni se anteponga a los derechos y valores “universales” (entendiendo por “universal los valores y derechos “particulares” de la clase propietaria occidental)...”( extraído del apunte de Jure- Internet y la in-diferencia cultural- Cátedra de Antropología Social- Facultad de Bellas Artes- UNLP) (11)
En “La nave de los locos”, se puede observar como las creencias del otro, al que se lo considera inferior no son válidas, pero sí se deben respetar para no decir que está casi prohibido cuestionar las creencias que pertenecen a la sociedad del blanco occidental como ser el catolicismo apostólico romano. El personaje de la abogada interpretado por Inés Estévez responde a la acusación del abogado litigante, quien sostiene que los argumentos de la defensa basados en creencias Mapuches en relación a su cementerio. La pregunta crucial se presenta cuando la abogada decide invertir la situación sentando en el banquillo al abogado litigante; a quien le hacen la siguiente pregunta: “... Sí creer que Jesús Cristo murió en la cruz, y que al tercer día resucitó entre los muertos no es tan místico como las creencias mapuches que él mismo criticaba...” (12)
La voz del personaje femenino de “Mother dao” dice: “... Soy el poeta que se queda sin palabras que no entiende el sentido. Vientos internos pueden hacer que las piedras canten. ... Soy el ave mística, en vez de plumas tengo viento...” (13)
En la película se hace la clásica división entre civilización y barbarie, entre cordura y locura. Sin embargo, al igual que en “Mother dao” se muestra el reverso de lo que los occidentales denominan bárbaro y locura. Todo un pueblo que se ve apremiado por los descubrimientos de la abogada, que pueden poner freno a la construcción del complejo turístico, y acabar así con las fuentes de trabajo creadas, llegando al extremo de amenazar de muerte a la abogada, en caso que no desista en su investigación.
Mostrando hasta que límites, puede llegar un ser humano en pos de la defensa de su puesto de trabajo. En contrapartida en “Mother dao” se observa como el hambre lleva al enfrentamiento a personas de una misma población. La voz nos dice: “... El hambre es un cuervo negro millones de cuervos como nubes negras ¡ Oh Allah! Los cuervos son temibles y el hambre es un cuervo. Siempre da miedo. Siempre da asco, es el motivo misterioso que impulsa cuchillos asesinos, blandidos por gente pobre. El hambre es el arrecife que duerme bajo el agua quieta. ... es fuente de engaños de traición al honor... ... El hombre es un cuervo millones de cuervos como nubes negras que me impiden ver tu cielo...” (14)
¿Lo que hace a la gente bárbara es el hecho pertenecer a una cultura que es distinta a la nuestra o es su conducta?. Esto también se refleja en una de las creencias populares que aparece en el film; que refiere a la presunción de que cuando uno es joven siempre cree que puede cambiar las cosas, pero que después, con el paso del tiempo se da cuenta que no siempre es posible. Al final de la película la abogada le responde a su colega, diciéndole que no es verdad que las personas que fueron idealistas cuando jóvenes, ya mayores se conviertan en “ hijos de puta”, como él, que siempre lo fue.
“La diligencia” la película de Jhon Ford, realizada durante la década del 30´, tenía como finalidad apoyar la presidencia de Roosevelt y su política del “New Deal” para salir de la depresión de la década del 30´.
El realizador, para reafirmar su posición se valió del cine, un medio al que el entrego más de 142 filmes, en su gran mayoría pertenece al género western.
“La diligencia” tiene la clara intención de revindicar a las clases sociales marginales de aquella época, y por eso que sus protagonistas son Ringo, un fuera de la ley, Dallas, una prostituta y un médico borracho. Dichos personajes interactúan durante el viaje en diligencia, con otros de nivel social superior, como la mujer de un importante oficial, un banquero, un jugador con pretensiones aristocráticas y un pastor.
A pesar de su intención de reivindicar esta clase marginal, no incluye a los indios, que en la película serán una vez más los villanos por antonomasia. Es más, hasta se podría decir que representan la excusa perfecta para revalorizar a otros personajes de dudosa moral, como el personaje interpretado por Jhon Wayne (Ringo) que se convierte en héroe, defendiendo con todas las armas a su alcance la diligencia que es atacada durante la travesía por territorio indígena.
De todas formas es injusto responsabilizar al director de las características inherentes a un género. Cabe señalar el western, es un género que se nutre de personajes sombríos y solitarios, que vagabundean por territorios inhóspitos, hostilizados por los indios, y que se enfrentan a la incipiente estabilidad social de las colonizaciones del oeste americano.
Las rudimentarias técnicas cinematográficas existentes en la época, eran utilizadas para enfatizar la crueldad de esos personajes salvajes, que lo único que querían era terminar con el hombre blanco. Es frecuente el maniqueo por el que el espectador reconoce al villano, generalmente se utiliza una música que denota no sólo la presencia de los indios o que estos están a punto de atacar a sus víctimas.
Por el método de estereotipar al otro, se llegó a presentar al indio como un ser pura crueldad y que para establecer la paz se requería su exterminio, ya que no se lo podía civilizar. Sin embargo en “Mother dao” se presenta al hombre blanco, como naturalmente superior, que puede no sólo ser dominado sino también civilizado, convirtiendo sus formas arcaicas de sociabilidad en otras más avanzadas, que se manifiestan en instituciones sociales y religiosas occidentales.
El cine a través de distintos estereotipos ha creado una forma de ver al otro, que cambian según la perspectiva de los distintos creadores, el público al que esta dirigido y los motivos por los cuales se eligió al cine como medio o canal de expresión.
Las respuestas difícilmente puedan ser contestadas aquí; pero sin embargo me parece oportuno hacer mención al texto de Auget, “El estadio de la pantalla” en el que se analiza a través de datos estadísticos quienes son los responsables de la televisión en Estados Unidos, y cuales son sus creencias y sus posiciones con respecto a las diferentes problemáticas del país.
El resultado de dicho análisis, muestra que los creadores no comparten un estilo de vida, ni tampoco un nivel socio - económico. Parecen aislados de la vida cotidiana de sus espectadores. Sin embargo, es ese público, tanto interno como internacional, los que le brindan su aprobación a pesar de su poca o ninguna vinculación. La solución a este conflicto se puede encontrar en la cita de Solanas, que nos dice: “... Concibe al cine en función del hombre y no al hombre en función del cine...” (15)
En conclusión, la elección de las películas tiene como finalidad mostrar como el cine se convirtió en un medio reivindicatorio. Se debe reconocer que no todos ellos tuvieron una calidad realizativa alta.
En el caso de “La nave de los locos”, se trata un tema nacional, y además ha contado con la participación de importantes artistas que la revalorizan y destacan al cine como medio de contra-repuesta capaz de ser solidario con los sujetos marginados a los que la justicia no les llega o sí les llega nunca los defiende.
Es probable que la baja calidad del film se deba a que las productoras más importantes no la hayan apoyado, dejando en evidencia que existe no sólo un pequeño grupo de personas que decide que se hace y que no, sino que también hay proyectos colectivos que son capaces de producir con gran esfuerzo una película, al margen de ese selecto grupo.
Considero a dicha película como una de los emprendimientos que nos puede acercar a la opinión de Solanas y Getino:“... todo cine en un país en el que pueblo ha conquistado el poder y construye su liberación definitiva, es un cine político, militante y revolucionario. ...” (16)
“Mother dao” representa la edificación de una mirada crítica basada en una resignificación de las imágenes tomadas por los colonializadores a una producción artística que refleja al otro, ya no en tercera persona sino como protagonista y voz viva de lo que se ve.
Nuevamente Solanas y Getino reivindican:“...Un cine de destrucción y de construcción. Destrucción de la imagen que el neocolonialismo ha hecho de sí mismo y de nosotros. Construcción de una realidad palpitante y viva, rescate de la verdad nacional en cualquiera de sus expresiones...” (17)
En el film de John Ford “La diligencia”, se observa que a igual que en “Mother dao” hay un interés por reconstruir una mirada reflexiva; pero a diferencia de la anterior esta película lo hace por medio de un género masivo y conocido por los espectadores. La película cumple doblemente con sus objetivos, ya que cubre las expectativas del público como también posiciona ideológicamente al realizador con respecto a una problemática de su país. “... la categoría de cine militante no es unívoca, universal, ni atemporal, sino que se redefine desde cada circunstancia histórica concreta. ...” (Solanas y Getino ) (18)
En fin: la representación del indígena a través del paso del tiempo se ha acercado cada vez más al sujeto y menos al objeto exótico de estudio.
Notas:

1. “Cine, cultura y descolonización” de Fernando E. Solanas y Octavio Getino. Editorial Siglo veintiuno argentina editores S.A.
2. Texto extraído del film “Mother dao”
3. Cita seleccionada del libro “La imagen tiempo” de Gilles Deluze. Estudios sobre cine 2. Piados Comunicación 26 Cine. Primera edición en Argentina 2005.
4. “Cine, cultura y descolonización” de Fernando E. Solanas y Octavio Getino. Editorial Siglo veintiuno Argentina editores S.A.
5. Ídem.
6. Texto extraído del film “Mother dao”
7. Cita seleccionada del libro “La imagen tiempo” de Gilles Deluze. Estudios sobre cine 2. Piados Comunicación 26 Cine. Primera edición en argentina 2005
8. Texto extraído del film “Mother dao”
9. Ídem.
10. Cita extraída del libro “Imagen y cultura”. Perspectivas del cine etnográfico . Capitulo: Revelarse a sí mismo: reflexividad, antropología y cine. Ardeual E. Y Perez Tolon. Dip. De granada, 1995.
11. Extraído del film “La nave de los locos”.
12. Texto extraído del film “Mother dao”
13. Ídem.
14. Ídem.
15. “Cine, cultura y descolonización” de Fernando E. Solanas y Octavio Getino. Editorial Siglo veintiuno Argentina editores S.A.
16. Ídem.
17.Ídem.
18.Ídem.


Bibliografía obligatoria:

· Internet y la in-diferencia cultural: El caso de la restitución de restos indígenas en argentina. Cristian Jure. Cátedra Antropología Social- Facultad de Bellas Artes – UNLP.

· Antropología y participación. Contribución al debate metodológico. Graciela Batallán y José Fernando García. Ponencia presentada al III Congreso Argentino Social. Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, julio 1990.

· Descotidianizar. Extrañamiento y conciencia práctica. Un ensayo sobre la perspectiva antropológica. Gustavo Lins Ribeiro. Ph. D. Antropologhy City University of New York. Buenos Aires – Agosto 1986.

· Imagen y cultura. Perspectiva del cine etnográfico. Elisenda Ardévol y Luis Pérez Tolón (Eds.)Cap. Revelarse a sí mismo: Reflexividad, antropología y cine de Jay Ruby. Dip. Granada , 1995.

· Conceptos éticos y estéticos en cine etnográfico. Jorge Prelorán. Ediciones Busquedad . Buenos Aires. Argentina.

· Cine, cultura y descolonización. Fernando E. Solanas y Octavio Getino. Editorial Siglo XXI, Argentina editores S. A.

· Elisenda Ardévol y Luis Pérez Tolón (Eds.). Imagen y cultura. Perspectivas del cine etnográfico. Cap. ¿De quien es la historia? De David Macdugall.

Bibliografía complementaria:

· Gilles Deleuze. La imagen tiempo. Estudios sobre cine 2. Paidos Comunicación 26 Cine










viernes, julio 15, 2005

Cine verdad

Definir el cine como imagen en movimiento me parece demasiado poco, más teniendo en cuenta que en las últimas cinco décadas ha demostrado ser un medio que es capaz de llegar a las masas; pero que además es una de las nuevas expresiones estéticas en la que los recursos y estructuras narrativas no se han agotado. A pesar de que las recientes películas se refleje un descuido en la creatividad en relación a los guiones de algunos filmes, que parecen ser la repetición de ciertas construcciones que se las vuelve a reorganizar para reciclarlas y utilizarlas hasta el hartazgo con la ingenua complicidad de los espectadores.
Uno de los conceptos de Ramonet, que refiere a la posibilidad de poder acceder al consumo, ya sea de una película o de poseer el último avance tecnológico al mismo tiempo que los otros países que los producen. Se crea la falsa sensación de que la globalización represente un mundo sin fronteras; cuando en realidad lo único que se ha hecho fue reforzar dichas fronteras por medio de la sistematización de los medios de producción.
La distribución de las diferentes películas, está previamente programada, ya que no todas llegan a nuestro país, es decir que hay una censura por parte de algunas distribuidoras, que deciden que se ve en los diferentes países según sus conveniencias. Como también influyen sin ningún tipo de reparos a la hora de limitar las producciones de un país extranjero.
En la actualidad es frecuente que los monopolios absorban las pequeñas producciones, con el único fin de sacarlas del mercado lo antes posible. Es justo remarcar que lo mismo sucede en el otro extremo del sector industrial, y con ello me refiero a las productoras independientes que en cierta medida monopolizan una porción de lo que vemos. Tan sólo con nombrar a la productora El Deseo de Pedro Almodóvar o la de Lita Stanik en Argentina, se llega a vislumbrar que dichas productoras costean a la gran mayoría de las producciones independientes que llegan a las salas de exhibición.
La velocidad con la que llegan algunas de las películas que tiempo atrás estuvieron estrenándose en los cines a la pantalla chica es realmente llamativa, lo que obliga a preguntarnos sobre cuál es el medio indicado para ver cine, y sí realmente la gente prefiere ver films desde la comodidad de su hogar ; también nos permite ver claramente el papel de las diferentes cadenas televisivas internacionales en lo referente a la producción de las películas.
Ramonet en su texto hace referencia a la rapidez y al gran flujo de información que circula en el mundo atosigando a los consumidores. Al margen de que los espectadores no sean simplemente consumidores pasivos, sino personas con capacidad de análisis. Sin embargo el método de repetición, por el que se intenta persuadir a los consumidores a elegir o no un determinado producto no es ni más ni menos que una de las formas de coacción de la libertad intelectual de los individuos.

Un ejemplo del poder de persuasión que posee el cine queda reflejado en la frase de Goebbels:

“...Señores, dentro de cien años se proyectará una hermosa película en colores, que describirá los días terribles que estamos viviendo.
¿Quieren desempeñar un papel en esa película ...? Resistan ahora, para que dentro de cien años el público no los silbe cuando aparezcan en la pantalla....”
Goebbels, conferencia en el Ministerio de la Propaganda, el 17 de abril de 1945.

El cine además a demostrado ser un medio eficaz para respaldar ciertas medidas tomadas por los gobiernos que lo utilizan como una herramienta para acreditar sus decisiones. La ingenua creencia de lo que se está viendo es verdad permite crear una empatía basada un contrato tácito entre el realizador y el espectador . Aunque debemos tener en cuenta que en un principio dicho acuerdo no se lo trataba de encubrir sino que era recurso descarado para enfatizar los logros del gobierno y una de las mejores armas para eliminar al enemigo o al otro, que se lo consideraba la causa de todos los males de una nación.
Ramonet, hace alusión al texto periodístico como una de las formas más viejas, pero sin embargo no menos efectiva de la presunta objetividad de que se jactan de poseer los medios, en relación a un tema. La Guerra del Golfo es un claro ejemplo, en el que millones de televidentes miraron las escenas de una guerra limpia, en donde no se veía la miseria y menos aún a los soldados muertos. Los medios intentan mantener en pie la moral de la sociedad del país agresor justificando el ataque con una de los más viejas excusas, la de proveer y promover la democracia hacia aquellos países que no lo poseen.
El cine a lo largo del siglo veinte ha mostrado diferentes posturas frete a la guerra. Muchas de las variadas posturas se dieron en un mismo país, como ser Estados Unidos. Las películas de la década del cuarenta y cincuenta muestran a los soldados como héroes dispuesto a todo por amor a la bandera, una guerra en donde no hay sangre, ni miedos. Hacia la década del sesenta Sam Fuller realizó un film que se llama “Más allá de la gloria”, en la que se ve las dificultades que tienen los soldados y como ellos realmente no estaban dispuesto a darlo todo por la patria. En una escena se ve como un superior instiga a un soldado de bajo rango a cumplir con una orden bajo la permanente amenaza de muerte ya que su superior le apunta continuamente con un rifle.
También el cine colaboro con la construcción del estereotipo del enemigo, presentándolo como lo más aberrante surgido de la naturaleza, y como una amenaza contra el equilibrio de una sociedad que se encuentra en constante crecimiento.
En fin: el cine es más que imagen en movimiento.

jueves, junio 30, 2005

Analisis realizativo de una secuencia de "La Cienaga"

Realización de cine, TV y video I – Trabajo Práctico-teórico del Segundo Cuatrimestre.


Análisis realizativo.


La secuencia seleccionada se encuentra entre la escena en la que el personaje de Mercedes Morán busca a sus hijos en la casa de su prima y es seguida por otra en la que el mismo personaje está en el trabajo de su marido.
La secuencia se inicia con plano levemente contrapicado, en el que se observa a la totalidad de los personajes o mejor dicho casi totalmente a todos; ya que de Lita (Mercedes Morán) solamente se observa la mitad de su cuerpo. Revelando de está manera la posición de la cámara, que capta a la acción desde un ángulo de aproximadamente 45 grados.
La finalidad de este plano es no solo tener una visión completa de la relación entre los personajes, más allá del diálogo, que también deja denotar la atmósfera del lugar.
La directora decidió ubicar a los personajes en una línea horizontal, en la que los mismos mantienen una conversación entrecortada o en la que las respuestas realizadas por uno de los personajes no recibe una respuesta en forma inmediata. Cabe remarcar dicha puesta en escena ya que favorece a la incomunicación entre los personajes y el hecho de que estén dispuestos de esa manera y con un plano general en el que la cámara permanece inmóvil refuerza dicha idea. Además el emplazamiento de cámara deja entrever la ubicación de un televisor con el que se trata de ensuciar o no hace que el diálogo sea del todo inteligible. No adrede Lucrecia Martel ubica a los niños alrededor del padre con la evidente intencionalidad de crear otro obstáculo en la conversación. Enfatiza de dicha manera el desinterés de Rafael( el marido) sobre el tema o las intenciones de su mujer. También presenta una relación con lo sucedido en el plano anterior, en el que uno de sus hijos se queda a dormir en la casa de su prima. Por dicho motivo los hijos rodean al padre y en cierta manera refuerzan al comentario de éste y su desagrado sobre el hecho de que unos de sus hijos se quede en aquella casa.
El personaje de Morán se levanta y se dirige hacia la cocina, que se encuentra delimitada en relación con el espacio anterior por una mesada de madera. Lo interesante de está acción nos solamente remarcar el fastidio de dicho personaje sino que la directora por medio de primeros planos de los chicos realizando diferentes acciones demuestra el total desinterés del resto de los miembros de la familia para con ella.
Los chicos también ofrecen a la directora la posibilidad salir de un plano que con la salida de Lita se había agotado, además mantiene en el plano de la chiquilla a la mitad del cuerpo de la madre off , también sostiene esa indiferencia para con ella al cortar e irse a un primer plano aún más cerrado en el que el chico mira la televisión. Si tenemos en cuenta que la directora para hacer dicho plano salto el eje y emplazo la cámara del lado en el que la madre se ubicaba generando de esta manera una suerte de enfrentamiento al que el chico es totalmente indiferente.
Posteriormente regresa al plano original para marcar las diferentes direcciones de los personajes. Observamos por un lado a Lita yéndose al patio y por el otro a Rafael con los chicos.
La directora concluye con esta escena con el personaje de Lita, esta cierra la puerta del fondo del patio con un portazo, dicho portazo aplaca un poco al bullicio de los tambores del carnaval pero a su vez produce que el perro de la casa vecina comience a ladrar señalando a través de los ladridos el estado de ánimo del personaje. El último plano se la muestra a ella a contra luz y con más de la mitad de su cara obscurecida.

Desde el punto de vista de los materiales a utilizar es probable que se haya utilizado un trípode con él que se pueda ubicar a la cámara a diferentes alturas, es posible que dicha escena no haya sido filmada con una cámara grande, ya que el espacio pertenece a una casa antigua , la que posee una distribución inmobiliaria que no facilita a los desplazamientos de la cámara . Sin embargo el hecho de que la casa sea antigua favorece a la inclusión de luces para crear una atmósfera uniforme y su vez que la luz provenientes del tuvo florecente no afecte al material fílmico con la luz verdosa que dicha fuente luminosa emana.
Algunos emplazamientos permiten ver ciertas fuentes luminosas que inciden sobre los personajes como ser la lámpara que ilumina la mitad del rostro de Rafael. Cabe señalar que esta fuente de luz se ubica enfrente del personaje a unos 45 grados y hacia la derecha de éste.
Observando con atención se percibe la presencia de una fuente lumínica ubicada en el borde superior derecho de la imagen y que parece simular a la luz de la luna la misma pasa rasante y de manera diagonal.
Por último en lo referido a lo lumínico cabe señalar la utilización de una la lámpara de tungsteno con la que se ilumina en el último plano a una parte del rostro de Lita, creando con dicha iluminación una profundización de los sentimientos del personaje, que se encuentra triste y despreciado por aquellos que debieran apoyarla.
La película utilizada estimo que debió haber sido de unas 400 ASA para interiores.

Posteriormente se muestra la escena del baile, la misma presenta dificultades de tipo realizativo y de coordinación de actores. En dicha escena aparentemente hay un gran número de extras que decoran a la locación , y esto se debe a que los mayoría de los mismos no participan de la acción hasta que esta no concluye.
Los emplazamientos de cámara cercanos a un grupos de personas entre las que distinguimos al Perro y a Elizabet, la cámara recorre con un suave movimiento al grupo de personajes. Luego hace se aproxima a la chica, cuando el Perro se acerca y le pide en off que busque una cerveza.
La cámara comienza a seguir a la chica creando un eje de acción diagonal en el que la cámara presenta leves movimientos. Estos movimientos tienen la finalidad de crear un punto de vista de un observador omnisciente. En dirección opuesta y en sentido contrario a la diagonal del eje de acción el personaje de Bordeau intercepta a la chica y la trata de seducirla la directora para mostrar la acción de forma más violenta realiza cortes sobre el eje corta y pasa a un plano que en relación al anterior no da mayor información.
La directora pone a la cámara en la misma altura a la del personaje de Bordeau, aprovechando el semicírculo de 180 grados para hacer un corte de dirección de miradas, en la que se observa el interés del muchacho sobre ella y la no correspondencia de ella para con él; debido a que al plano de éste le sigue uno de la chica que está de espaldas.
La muchacha al regresar nuevamente es interceptada y acorralada por el grupo de muchachos. Esta vez la directora al producirse el encuentro aprovecha la insistencia del muchacho para provocar un cambio de posición en los personajes, dicho movimiento está acompañado de un acercamiento de la cámara hacia ellos; generando de esta manera que el espectador no tenga una precisa información en lo referente al espacio, que hasta ese momento fue prolijamente presentado.
En el momento previo a que el Perro golpee al personaje de Bordeau la cámara se vuelve a colocar en la misma posición en la que siguió anteriormente a la chica; pero esta vez el ángulo de captación de la lente es mayor por lo que se puede observar con claridad la relación espacial entre los personajes.
Después del ataque la directora nuevamente confunde espacialmente al espectador, ya que muestra la salida del personaje agredido por medio de planos del mismo tamaño pero en los que hay un salto en el eje generando una sensación de que la atmósfera anteriormente creada se ha roto.
Finalmente Martel por medio de una elipsis, nos muestra la finalización de una acción que se desarrollaba en el interior de la locación que era la expulsión del Perro de local bailable. Acto seguido la realizadora por medio de planos cortos establece una relación entre la salida del Perro y el personaje que está vomitando al lado de una camioneta. Posteriormente la directora nos ofrece un plano general en el que la relación queda establecida en forma concreta.
La directora muestra al Perro en un primer plano antes de que éste ataque nuevamente al muchacho, pero la salida violenta del personaje de cuadro dejando solamente a Elizabet creando un fuera de campo en un espacio ya conocido por el espectador; genera una tensión que no se disipa al ver luego en un primer plano conjunto como los personajes se quedan entrelazados, Martel para acentuar la violencia del plano apela a un corte al que le sigue un plano parecido pero con un ángulo no muy diferente al anterior.

En lo material se utilizo evidentemente una película para exteriores y prevista para ser usada de noche con una sensibilidad aproximada a 800 ASA .
Para realizar el travelling que sigue a la chica ha sido necesario diagramar una planificación en lo referente a lo lumínico y a lo organizativo a nivel de coordinación de actores para que permitan que el travelling siga la acción con fluidez.
En la cámara se denota la utilización de una lente zoom, ya que de otra manera hubiese sido casi imposible realizar la escena al intercambiar los lentes y además provocaría una perdida de tiempo en algo que se puede solucionar con este tipo de lentes. De esta manera la directora tiene más tiempo para ser precisiones a la ubicación de cada uno de los extras. En el interior de la locación a pesar de ser un espacio abierto presenta una iluminación en la que predomina una luz de neón. En contra partida en el exterior de la locación hay una predominancia de luz de tungsteno, esto se queda de denotado al cambiar la colimetría de la luz ya que en esa parte es anaranjada.

La escena pro siguiente vemos como el padre acuesta a su hijo. La realizadora comienza con una acción ya empezada y casi finalizada. Observamos la acción desde un contrapicado y con un emplazamiento de cámara que en relación de los personajes se encuentra a unos 45 grados y una distancia suficientemente alejada para tomarlos a ellos en su totalidad y a su vez darnos información sobre la locación que por empapelado y la presencia de un juguete que el padre tuvo que correr para acostar a su hijo son claros indicadores que estamos en una pieza que pertenece al niño.
El padre al intentar irse apaga la velador ubicado al costado izquierdo de los personajes, despierta al niño, éste le pide que la deje prendida. Al prender el velador la directora establece por medio de un plano pecho el afecto del padre con respecto a su hijo que lo observa como duerme. Además este plano establece una relación de jerarquías entre el padre y su hijo ya que es el padre que con su mirada tierna y que mira desde arriba al hijo como apiadándose del miedo a la oscuridad de este. Esto en parte explica el primer plano de escena al que vemos a ambos personajes con contra picado aunque dicho emplazamiento pueda deberse a una cuestión espacial más que a la anterior explicación.

En lo referente a lo material se utilizo una película para interiores con una sensibilidad aproximada a las 400 ASA. Además un trípode con cabezal movible y regulable para diferentes alturas.
La puesta de escena revela a la única fuente de luz presente, la misma corresponde a un velador, con el que se ilumina la porción más significativa de la escena como también ayuda a crear a profundizar ese vínculo íntimo entre el padre y el hijo.
Por último hay que señalar la luz que aparece en la primera escena analizada vuelve a tener importancia dramática, la misma simula a la luz de la luna y dota a la escena con una atmósfera tenebrosa que justifica el miedo del niño.

En la última escena de la secuencia la directora propone situar al espectador en la casa de Mecha con la finalidad de destacar la relación existente entre los hermanos, la cual tiene un dejo incestuoso que se deja entre ver por medio de las acciones. Que en este caso no solamente participan el personaje de Bordeau y el de su hermana, sino que también aparece Agustina, la hija mayor de Lita.
Cabe destacar la importancia de los planos pre sedentes en los que se informa en donde estamos a partir de una serie de planos en lo que observamos al marido de Mecha durmiendo en el auto y posteriormente al cuarto de esta, con lo que se nos indica que es un día apacible y que no hay nadie más que las dos muchachas despiertas.
La cámara se sitúa dentro de la pieza del personaje masculino, sin embargo el emplazamiento de cámara sólo nos ofrece información de que está en un ambiente aparte al de las chicas que pasan caminando. A medida que estas se acercan al muchacho la realizadora abre el plano y nos da toda la información sobre el lugar que anteriormente no fue dada; es más no presenta un fuera de campo con las miradas de las chicas que hasta unos segundos más tarde no conocemos que están mirando.
Martel durante el esfuerzo de las muchachas para levantarlo la directora decide presentar el movimiento por medio de cortes que muestran la progresión de la acción, finalmente la cámara se queda quieta por unos segundos para enfatizar el esfuerzo de las chicas .
La hermana sugiere desvestirlo, lo que genera un juego de miradas entre ellas que concluye con la iniciativa de Agustina de comenzar a sacarle la ropa.
Es interesante como la directora intercala planos en los que el emplazamiento de cámara corresponde a la parte del cuerpo que esta por desnudar. Para darle un tinte erótico la directora a la hora de que le quite el pantalón propone un juego entre el rostro del muchacho y el movimiento de su cabeza que es producido por la forma violenta en que la chica le quita la prenda. Finalmente Martel vuelve al emplazamiento en el que las muchachas luego de levantarlo del suelo lo miraban sin saber que hacer, pero en cambio está vez él se encuentra desvestido.

En lo material se utilizo un trípode para hacer los planos fijos y una película luz día de aproximadamente de unas 400 ASA.
Lo más dificultoso de la escena es la parte en que lo desvisten ya que fue necesario un trabajo muy preciso del script para no cometer errores a la hora de correr la cámara para los diferentes tomas.
En cuanto al trabajo con los actores se percibe el erotismo de la escena levemente disimulado por los movimientos violentos de la actriz y muy bien acompañado por los cortes realizados por la directora.

martes, mayo 31, 2005

Las gentes no se aman los unos a los
otros...
seguramente debe de haber una solución en
la cual no hemos pensado;
¿por qué tengo un cerebro?
llora
exige
pregunta si tiene una oportunidad
y no le gusta oir que le dicen:
¡no!
Charles Bokowkski, L' É crasement.
y aun el domingo aunque me equivoque
pouquecuandos los hombres tienen razón
ya no son jóvenes
y aunque no pueda hacer nada útil
y amarte a ti más que verdaderamente
nunca habrá semejante capaz de fracasar
atrayendo a sí el cielo entero con una única sonrisa

E.E. Cummings

Frase

¿Cómo apreciarán nuestros descendientes nuestro tiempo? En las futuras enciclopedias se escribirá: "HITLER :pequeño tirano de la época stalinista. KHRUSCHEV: crítico literario de la época de de Mao-Tsé-tung".

Vladimir Bukovky, Et le vent reprend ses tours.

Frase del dia

"...Porque si cada uno es el otro para uno, raravez es uno para el otro..."
Claude Lelouch.

martes, marzo 01, 2005

Salas vacías

Sin sorpresas. Que otra cosa se puede decir de este nuevo cine nacional que se jacta de su falta de júbilo. Hay una languidez en los diferentes films argentinos, que en cierta manera da entender la ausencia del por qué de tan pocos espectadores en las salas, en donde se proyecta el cine nacional o made in argentina.
La pregunta del millón sería saber a que clase de público están dirigidas o si existe un prejuicio previo por parte del espectador. La verdad es que la producción esta dirigida pura y exclusivamente para Europa; un poco de justicia es reconocer la poca “bola” por parte del estado hacia las producciones argentinas que se destacan por ser independientes a la fuerza. Por, sí sino se entiende hay un déficit cuantitativo que se mide en costos de producción que marca la diferencia entre el adentro y el afuera; esto no sólo en relación a las películas hechas en el exterior y las nuestras, sino también en comparación, a la cantidad de directores que en éste último tiempo han trabajado con productoras extranjeras. De esta manera lo único que se logra es acrecentar el monopolio por parte de algunas pequeñas productoras que dominan aunque parezca paradójico al cine independiente. Que cosa es esta de las productoras que nacen con el fin de ser productoras marginales. Es cómico pero a su vez es innegable que el monopolio existe tanto en un extremo como en el otro.
Ahora me pregunto para salir del paso cuál es la función del estado para asegurar que haya un cine que pueda auto-dominarse argentino. Algunos informados saldrán con los tapones en punta para defender a éste gobierno, que seguramente ha hecho más por el cine nacional que ningún otro. Pero las ventajas que dio no san tales, el único beneficio es saber que seguro tu película se caerá tarde o temprano y que además de pincharte el globo para no decir ilusionarte, que en esta actualidad puede considerarse un término muy optimista, de recibir algún tipo de apoyo para promocionar la peli.
Volviendo al principio de éste peculiar artículo, es decir a esa falta de júbilo: perdón por esta nueva paradoja pero este cine es demasiado plano, pero una planicie que resulta de un sentimiento general de la sociedad que aparentemente ya no quiere ver resumidos esos mejores quince minutos de una vida que rescata lo mejor de la chatura que predomina en la atmósfera. Ejemplo varios hay de esto para no ir más lejos porque no ver a Martel, y sus obras que por su falta de juicio no nos permite entender, esto nos habla a las claras de una incomprensión por parte del público argentino, que es puesto a prueba para verificar nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro como una alternativa para abordar un período de crisis que amenaza con prolongarse a pesar de nuestros esfuerzos para salir; pero quien puede combatir contra las decisiones incorrectas.
Al analizar el epíteto de : neorrealismo del cine argentino, que preside a cada una de nuestras películas. Me arriesgo a decir que no es otra manera de vender, partiendo del hecho de que no es una auto-denominación sino una estrategia de mercadeo, que pretende hacer creer la existencia de una posición ideológica compartida por un grupo de realizadores que brilla por su ausencia, sobretodo en el susodicho país de origen. Además de la carencia de feeling que existe entre las películas y sus espectadores. En fin: qué nos pasa que no vamos a ver cine argentino.

domingo, diciembre 12, 2004

Tramposa, tramposa de Ernesto Alaimo

TRAMPOSA, TRAMPOSA

Debiste verlo. Me quedé paralizado. Cuando apareció por la puerta, a juzgar por su cara parecía que se había recuperado del momento reciente, pero cuando me pidió que le ayudara con el cofre... Algo en mí quiso tocarla; otra parte intentaría quemarla o de alguna forma destruirla. Fui a otro círculo para dejarlo saborear unos minutos las lágrimas y sacar las amargas conclusiones de siempre; para mí el caso estaba terminado. Abrazarla, desesperadamente cuidadoso abrazarla, derrota pero creación, abrazarla pero llorando por lo que sólo ahora, al aparecer, era algo perdido. Y la arena también lo miraba en silencio, pero su existencia callada y burlona era la mayor de las risas, ¿de quién?, quizás de la tentación que sabe la fatalidad y el caos, del final que le mostraba así la trampa. Podía ser una burla, una muy fina, muy despiadada burla preparada de antemano con demasiado detallismo. Pura arena, debiste verlo, tenía la cara petrificada con los ojos clavados en ella. Pero en mi amargura era sólo la última comprobación de que todo había sido cierto y de que al fin, con el tiempo quizás la arena se convirtiera en el tesoro. Un instante, un flujo, un movimiento, como todo, pero en ese instante yo miré su cara y vi miedo, una vacilación del último paso, o del primero, pero no estaban en ese momento ahí; yo vi ese gesto en su rostro en ese momento, pero en él no estuvo sino hasta después, pasado un tiempo (¿pero cuánto tiempo?).
Y pensar que todo había empezado en ese viaje que nos prometía un lugar paradisíaco, quince días de placer, sol y arena, también arena.
Dejó caer las herramientas, sudando más que nunca, clavados sus ojos donde los míos, y acercó sus manos a la tapa que no tenía cerrojos ni cadenas, que estaba esperando. Recuerdo el camarote que nos tocó, el número 12, al fondo del pasillo; tan hermoso era estar juntos en esa cama, el piso alfombrado, una ventanilla redonda, todo tan como lo había soñado. Escuché su voz, la frase como si la estuviera diciendo en ese momento, pero yo sabía que en realidad la había dicho antes, que ahora no estaba moviendo los labios, que eso en realidad era un recuerdo que reverberaba en el presente, él quieto, callado y preguntando ¿quién mierda voy a ser cuando despierte? frente al cofre pero no lo estaba diciendo, lo había dicho mucho antes y era como si yo recién hubiera llegado a la escena, desde ese pasado lejano, oyendo aún la reverberación de algo que ya era muy vago. Toda la estancia en el barco fue en realidad plácida, si nada nos preocupaba y aún no me habían infundido esa torpe ansiedad (no, no torpe ansiedad; torpe yo). Entonces se detuvo y contempló el regalo y también su obra, obra de quién, regalo de quién, sueño de quién.
La primera noche nos quedamos en nuestra habitación, era la emoción reservada sólo para los dos, lo nuevo, la excitación de estar juntos y yendo, estando en un paraíso. Así se fue abriendo uno de los lados hundidos del rombo, desde la altura de su pecho hacia abajo, dejando que se viera bien el cofre, que parecía que por fin estaba en el mundo y no en su cabeza, para que no se le perdiera ninguna parte, hasta el piso que lo sostenía, elevado un metro. Me desperté pasado ya el mediodía creo, ella saboreaba lentamente el desayuno americano sobre un carrito junto a la pequeña ventana. Con fuerza descargaba los golpes, como si tuviera una fuente ilimitada de energías, pero a la vez tenía la paciencia del campo minado en la cabeza. Seguimos ese día, como la tarde anterior, encerrados en el cuarto saboreándonos y sabiendo que sentíamos la misma excitación, multiplicándola. Le di la maza y la estaca, y empezó a apuntalar la pared central, un rombo de lados curvos que resultaba de las cuatro paredes que se unían en el centro exacto de la edificación. Fue esa noche que salimos por primera vez a la “vida del barco”, hambrientos como estábamos y aunque agotados, sin poder seguir tirados en la cama interminablemente. Cerró los ojos largo tiempo, y me pidió la maza y la estaca; a la pregunta respondió gritando “¡la maza y la estaca, decime que ves una maza y una estaca atrás tuyo!” Salimos un rato al cielo de noche cerrada, con estrellas que lejos de la ciudad se veían mucho más grandes, más fuertes, y a falta de luna más numerosas. Ni siquiera pareció desilusionarse cuando llegamos a los cuatro círculos centrales, conectados todos entre sí, iluminados dos de ellos por un sol que subía, colorando la tierra del suelo; no pareció desesperar como yo, que estaba a punto de estallar en la histeria. Había otras personas cerca nuestro, lo que nos devolvía un poco a la sociedad, desilusionados por haber perdido la vaga sensación de estar solos en ese viaje pero indiferentes, o en todo caso dispuestos a ver qué nos traería de nuevo ese mundo, alejados ya de todos los males de la rutina. Yo me habría hartado si no le estuviera viendo la cara, cada vez más ávida, con los ojos cada vez más abiertos y las piernas cada vez más temblorosas. Decidimos emborracharnos, así que no cenamos y fuimos directamente al bar riéndonos de cualquier cosa. Parecía que el edificio en silencio era demasiado grande, y que nunca alcanzaríamos su centro, donde yo deducía que estaba el famoso cofre, mientras seguíamos hacia la derecha hasta volver un círculo, otra vez a la derecha, avanzar cinco, doblar.
El bar debía ser el centro de mayor atención del crucero; todas las mesas estaban ocupadas, parecía que todo el mundo buscaba ahogar la rutina que dejaba en el continente de la misma forma a esa hora, y el alcohol entraba en todos los pasajeros como la ganzúa para abrir fácilmente la puerta, o para cerrar fácilmente la puerta. Doblamos a la derecha, guiados por otro débil rastro de luz, como si el sol nos fuera tendiendo sus migas de pan, el sol de quién. Más densa que el aire, que el mismo bar, era la voz de Billie Holliday muy fuerte, demasiado, entrando así a la fuerza en la mente que no podía sustraerse a la música. Cruzamos dos círculos y llegamos al que tenía el orificio en el centro, y nos dejaba ver que faltaba una puerta, que sólo podíamos movernos hacia los costados o volver: era un laberinto. En el remolino de gente nos quedamos como perdidos; nos imaginé una boya anclada en el mar que especta la tormenta, tan indefensa y silenciosa, balanceándose con los vientos y las olas, quedándose ahí, mientras el huracán pasa. Decididamente (pero no apurado, como yendo en un campo minado mental) él avanzó hacia la puerta que se seguía adentrando en el gran círculo, guiado por la débil luz que se filtraba en alguna de las habitaciones. Nos habíamos quedado quietos sin decir palabra, quizá los dos pensando algo parecido, cuando observé que desde un lugar de la barra donde tres orientales bebían uno de ellos me hacía señas. Era un círculo de ladrillos con tres puertas que derivaban a otros círculos. Nos mostraba que había lugar libre a su lado y nos invitaba a sentarnos con una sonrisa que aventajaba ligeramente a la de sus compañeros. La primera habitación era necesariamente oscura, su techo no tenía ningún agujero en el centro. Nos acercamos y nos saludó en un inglés no muy masticado de oriental que aparentemente no iba por el primer ron.
Entramos. Lo primero fue la doble presentación formal, los nombres (Weng el primero, los de los otros por una u otra razón no los retuve), la procedencia (Corea del Sur), el bocadillo de conocimiento sobre el país (Weng: tango, varios escritores, uno de los otros: Maradona) y lentamente a otras cosas. Mientras nos íbamos acercando a la más cercana, yo veía cómo contrastaba además la oscuridad que se veía dentro de la construcción, apenas interrumpida por rastros de luz de algún orificio interno, perdiéndose hacia el fondo, con el cielo que abría su color límpido, cada vez más fuerte. Nos sentamos y empezaron las rondas de bebida, invitando ellos, invitando yo, otra vez ellos. Y la altura contrastaba con esa impetuosidad de extensión, ya que no pasaba los dos metros y medio, apenas superior al alto de sus puertas (simples aberturas), una en cada círculo. Con el correr de los tragos se fueron ablandando las lenguas y complicando los lenguajes. La parte que veíamos frente a nosotros ya era enorme; a ambos lados cientos de metros de paredes curvas que a la vez se iban curvando como para formar un gran círculo de círculos, que si era como nos dejaba imaginarlo, no habría bastado una ciudad entera para contenerlo. Como desde el principio, las palabras fueron entre Weng y yo; de vez en cuando intervenían sus dos amigos ahogados por la risa y mientras pudo ella también participó, hasta que debió marcharse para vomitar el resto de la noche.
Salió el sol y nosotros seguimos caminando, hasta que, no sé cuánto tiempo después (y realmente, ¿cuánto tiempo?), nos desviamos a la derecha cuando estaba ahí, de pronto como si hubiera estado siempre, la edificación de ladrillos expuestos, esa especie de palacio inexplicable, como una obra a medio hacer. Después terminaron por reírse entre ellos por lo bajo y quedamos los dos, definido ya el inglés para hablar, tomando nuestro propio rumbo en la charla. Ahora yo veía con tanta claridad como él la línea que estábamos siguiendo; el la vería en el camino, o simplemente en la atracción que irradiaba el lugar buscado, yo la veía en sus ojos.
A lo largo de las horas intercambiamos gustos, o por lo menos nociones, sobre música, literatura, cine, evitando cuidadosamente los roces con la política. Con tanta seguridad me dijo “Nos dejó algo lejos, tenemos que caminar” que poco a poco fui contagiándome de nuevo. Creo que esto lo notamos en un momento determinado, porque a la mención de la palabra “Cuba” siguió un silencio de mutua incomodidad que se rompió con nuestra risa. No podíamos saber si nos estaba engañando con el precio, pero tampoco sabíamos dónde estábamos, lo que era un poco más desesperante para mí, que de pronto comprendía que a lo largo del viaje ya no estaba pensando tanto en todo el tema, al contrario de él que parecía más concentrado que nunca, ansioso, extasiado. Era muy difícil encontrar nociones comunes y definidas, por la radical diferencia Occidente-Oriente.
Cuando el chofer detuvo el taxi en la banquina y dijo “Hasta aquí llegamos” yo, que no sabía qué pensar, que no tenía el mapa de humo en la cabeza, vi que él retenía el aliento mirando al taxista, como con algo de furia. Gracias a sus estudios había un encuentro con el arte europeo, pero era muy elemental en todo lo que no fuera surrealismo, por lo que estaba realmente interesado (acabado ya el miedo a la política ambos pudimos explayarnos hasta el fondo, que de una u otra forma siempre desemboca en ella). Me devolvió al tema, como los murmullos de afuera al quedar la mente en blanco, su pesada melancolía: “Por eso estaba tan solo”, meneando apenas la cabeza, aseverando lentamente su descubrimiento, que aún siéndolo, no llegaba a cobrar la realidad suficiente como para hacerlo “despertar”, falseando entonces todo el propósito del viaje y de vivir. Yo le preguntaba, probablemente como un idiota, sobre las filosofías orientales, y él me hablaba y preguntaba por Dalí, André Breton, la dupla Borges-Cortázar. El de ahora era quizás el más impresionante: relieves de un desierto absolutamente desconocido (aunque familiar) cobrando forma y una penumbrosa vista contrastando con la respiración del sol acercándose hasta dejar ver todas las cosas, aún bajo un velo de tenue noche, con colores todavía extraños. En lo demás nos veíamos separados por nuestros propios regionalismos, que hasta ese momento en que vimos el otro lado desconocíamos como tales, creyendo yo antes que tantas cosas eran universales hasta que él me contrapuso ideas y símbolos que jamás habría contemplado en el mismo mundo. Se cruzaban otra vez los patrones de repetición, nuestra escena de silencio, modificada por el chofer, y el paisaje. Inocentemente me remontaba a Aristóteles, hasta Homero, buscando la raíz común, hasta que comprendí que todo había comenzado de dos formas distintas, y que recién esos mundos se estaban uniendo por las ramas altas del último tiempo, surrealismo, siglo veinte, desde los troncos distantes. Bastante imprudente era mostrar todo el dinero a un completo desconocido de un país desconocido con una posición de poder como la que tenía ese hombre, pero de todas formas nada ocurrió y nos llevó por una ruta que ninguno de los dos tenía la menor idea de adónde llevaba. ¿Cómo habremos llegado desde ese punto de partida hasta la apuesta? La única indicación que le dio al chofer fue llévenos al oeste, lo más lejos que pueda llegar con esto mostrándole el puñado de billetes en la mano; luego de pensar un poco sacó la mitad a la vista del chofer. Comprender eso es comprender por qué la ganó. Salimos sospechosamente rápido del aeropuerto tomando un simétrico taxi para alejarnos de la ciudad bajo el alba.
Como yo desconocía por completo la filosofía oriental y él no parecía con muchas ganas de hablar de ella, sólo podíamos abordar el tema de su interés y mi conocimiento, pero siempre de la misma forma: seminario en inglés con acento coreano. No pude ni nunca podré saber si desde el principio íbamos a Lima o si se le cruzó por la cabeza en el momento, por algún pánico de “¡se me está yendo, no lo dejemos escapar!”, nunca lo sabré porque cuando le hablé de pedir por los bolsos creo que ni me respondió, que siguió de largo, ya casi corriendo, parando en cada puesto burocrático sin contestar a las preguntas que yo ya no le hacía.
Hablaba de esos nombres que habían aparecido, y también de otros, Freud y Nietzsche.
Cuando la voz del avión avisó que llegábamos a Lima él levantó la cabeza y “vamos”.
Y pensar que entonces no entendí por qué desde esos lugares había saltado a la apuesta (y pensar que creía que había dado un salto, de una cosa a cualquier otra). La única frase que alguno de los dos articuló fue la que dijo como para sí (todo como para sí) bajando la cabeza, tomándose la nuca con las manos, “¿Tan solo estaba entonces?”. Cuando me lo dijo yo estaba tan borracho que me hubiera dado lo mismo si se ponía a cantar la Marsellesa o a comentar la última Copa América de fútbol. Ya te imaginarás algunas de todas las cosas que habremos pensado. Creo recordar bien sus palabras, algo así como “No hay diferencias: sueño, vida.
El resto del viaje fueron apenas palabras cortando el remolino silencioso que por separado nos llevaba a los dos, palabras suyas o mías, un “todo, todo...” o un “nada”, “cómo”, “pero”, etcétera. Te apuesto una cena a que el barco se demorará tres días en llegar al próximo puerto, y que nadie se dará cuenta salvo nosotros.” Al principio el viaje fue distracción: la ciudad, el alejarse, el suelo oscuro y sus luces, el cielo, hasta que dijo: “Entonces, si yo estoy soñando esto, siempre estuve hablando solo, encontrándome conmigo mismo, odiándome, amándome a mí mismo” y me dejó sumirme en su oscuridad. ¿Una cena? pensé (o dije), estupendo: le sacamos una cena a un borracho. Yo le dije: “bueno, todo lo que quieras con tu viaje y tu tesoro, pero a la ventana voy yo” así que me senté primero y descubrí la ventanilla para poder distraerme durante el viaje, o para encontrar un marco más concreto sobre el cual enfocar mi propia tiniebla. Espero que después se acuerde de pagar.
Subimos a la clase turista de un avión no tan lleno de gente. Eso se lo debí haber dicho, porque escribió la apuesta en dos servilletas y me dio una, para jurar de una manera menos ridícula. En un momento pareció que estuviera por decir algo; retuvo la respiración, tensó los labios, trajo sus ojos de vuelta desde el más allá, pero luego se volvió a sumergir en esa tiniebla y soltó el aire. Y aunque se estaba riendo, lo estaba haciendo seriamente, la risa era circunstancial. Había una vibración que revelaba nuestros nervios ante la puerta de embarque, que no era otra cosa sino eso, la puerta de embarque.
El resto de esa noche se me perdió, hundiéndome más y más hasta el fondo de una embriaguez compartida con cierta alegría, no efusiva, sino casi decorosa. Ahora se hacía inevitable pensar en el encuentro definitorio con el destino, en el saber de una vez de qué se trataba todo esto, y lo sabíamos tanto él como yo. Con ese desconocido amigo distante, no recuerdo exactamente los momentos ni las charlas ni las frases, pero siento que fuimos llegando a un contacto muy directo, aunque desde la distancia infranqueable para dos desconocidos en una sola noche, un contacto depurado por el alcohol o por eso que nos había hecho quedar solos en el bar, esas pulsiones enmascaradas, traducidas en gustos compartidos o en alegría decorosa.
Era al revés de lo que se hubiera podido esperar: la escena, desde afuera, podía verse como la misma a simple vista, repetida invariablemente, pero era la esencia la que cambiaba y generaba la idea de temporalidad en esos silencios. Francamente no sé cuál recuerdo del final es el verdadero, si la llegada sonámbula al cuarto iluminado por un sol de casi mediodía, encontrándola en la cama con pequeños vómitos junto a ella y en el piso, y oliendo inmediatamente el repugnante hedor, o quedarme dormido en la cubierta con el sol en la cara luego de haber tarareado incoherencias y reído de nada abrazado a Weng, o las dos cosas. “Vamos”.
En los días que siguieron a bordo todo volvió a la normalidad y descubrí que había sido esa noche el intervalo onírico del viaje apacible que buscaba con ella, y no un caos del que no hay vuelta atrás como se cree por momentos en esas noches, vistas las cosas de la forma en que lo han sido. Se dio vuelta y me encaró, y ni siquiera atravesaba mi cuerpo con su mirada para ir más allá, se quedaba en un más allá más acá, cercano, entre él y yo, en un infinito espacio (que no era barrera, sino lo contrario) que se cerraba en nuestros ojos. Pasábamos el día juntos bajo el cielo límpido, la noche también. Entendí, tal vez erróneamente, que debía quedarme ahí, en el medio de la galería, y lo vi de perfil acercarse veloz a la mesada y hablar, monosilábica y entrecejadamente, sacar la tarjeta y recibir esos pasajes, esos imposibles, inauditos pasajes. Cuando nos cruzábamos con los coreanos era un saludo cordial, una sonrisa, primero tal vez un abrazo que pareció incomodar a Weng, y nada más, vuelta a lo nuestro.
“Voy a comprar los pasajes” dijo y ¿creer o no creer?. Como solía pasar en esos casos con personas que uno ha conocido una noche alegre y con las que ha compartido la noche entera como si las conociera de toda la vida o pensando la vida futura con ellas, me daba algo de lástima ver que nos alejábamos irremediablemente, que hasta nos saludábamos con pudor o timidez, pensando en lo que perderíamos al no aprovechar lo que habíamos encontrado. Pero él tampoco parecía detenerse mucho a pensar, daba la impresión de que los dos nos estábamos siguiendo mutuamente, haciendo de ese recorrer un camino que ninguno de los dos marcaba el camino al que nos llevaba la entidad azarosa. Pensé que quizás por ese pudor no nos pagaríamos la cena, le tocara a quien le tocara. Yo no me fijaba en los nombres, ni de las ciudades ni de las calles, ni en las horas ni los vuelos; yo me dejaba llevar, suponiendo que él sabría adónde estábamos yendo, ya que él había dicho “vamos” la primera vez. Así pasaron los dos días hasta que llegamos al primer puerto del viaje: Weng había perdido la apuesta, y yo no iba a cobrársela, por más que tuviera la servilleta.
Llegamos a la otra ciudad y fuimos directamente al aeropuerto.
Nos bajamos del barco y nos disponíamos a dar un paseo por la ciudad cuando apareció Weng sin sus dos amigos, sonriente, para citarme al anochecer en el muelle para la cena. Lo más hermoso era el cielo, y de la forma que lo estaba viendo, ese cielo. Yo le dije que no importaba, que no debía pagármela, y fue fingida su cara de sorpresa al decirme que no comprendía; hasta seguía sonriendo.
Atravesamos por la ventana del ómnibus otro paisaje hermoso, con otro deja vu en el cuello, y una premonición de pastillas para dormir hasta algún descuido fortuito. Miré mi reloj: tuve que preguntarle a alguien en el muelle, un poco agitado: detuve a otro, un pasajero que bajaba.
Levantó la cabeza y se paró despacio, con la cara dura, diciendo ya lo único que sabía decir: “vamos”. Lo miré asustado. Dos caras se oscurecían. Con la sonrisa de quien tiene todo bajo control, me dijo que hablaríamos en la cena. ¿Qué pasaba ahora, que estábamos tres días tarde y que uno del sueño había venido a decirme que estaba soñando?
Como era de esperarse, nada de alegre paseo por la ciudad. Siempre que descubro que estoy soñando, por más que trate de seguir en el sueño me despierto. Yo perturbado, ella preguntándome todo lo que se puede preguntar, yo contestándole lo que podía articular.
En el banco de espera pareció repetirse la escena, él con la cara oscurecida y concentrado en no perder ese lugar y ese cofre que le había dejado el coreano, en darle una ubicación y un contenido, y en no despertarse; yo le daba el cambio a la situación porque lentamente me adhería a esas cuestiones: ¿por qué yo no me despertaba?
Pudimos ver tranquilos la puesta del sol en el muelle, y llegó Weng. Poco a poco nos fuimos alejando de todo; dejamos la playa, atravesamos calles oscuras de la ciudad, luego dimos en un centro luminoso y atestado de gente, y llegamos a la terminal de ómnibus, donde las luces empezaban a separarse y caer. Su alegría me oscurecía más. Se bajó del taxi con el chofer, guardaron los bolsos en el baúl y me esperó junto a la puerta, repitiendo “vamos”. Restaurant portuario: pescado o mariscos.
Después llegó él, y todo se hizo remolino otra vez. A la espera de los platos, mi mirada impaciente y su piedad empezaron a hablar por nosotros. Me olvidé un poco de todo por un rato pero después empecé a pensar en todo lo que se había hablado, y más, lo que se había insinuado, y esa serenidad, ese estar parada frente al mar estremeciéndome por esa brisa fresca de noche, se me hicieron un nudo en la garganta, algo como pasado irrecuperable, como un despertar a la pesadilla después del sueño más claro. Después me dijo: “No hay que buscar explicaciones racionales, como se pretende que sea el mundo. Su sereno murmullo, y el agua que se alejaba negra apenas unos metros hasta confundirse con el cielo invisible, me infundieron la tranquilidad como un chorro de agua tibia en el cuerpo. En él no hay ninguna respuesta. El mar de noche era hermoso. Todo está aquí –golpeándose la sien con el dedo–; aquí y ahí también.
Crucé la avenida costanera y quedé frente a la playa. ¿Comprendes? Cuando quedé sola algo de mí quiso llorar; otra parte se burló de eso; otra, al fin, no entendía nada. No es que yo tenga poder sobre los destinos de todos los seres del mundo; tengo el poder sobre mi sueño, que es el mundo. El hombre me acompañó con los bolsos hasta la puerta del restaurant donde nos encontraríamos para salir. Lo que pasa es que es también tu sueño, y el de todos. Me hizo un gesto con la cabeza, siguiendo la típica degradación de los saludos hasta la indiferencia. Ustedes dos son para mí personajes de mi sueño, pero yo no soy más que uno de los tantos personajes en los suyos. En el muelle me crucé con uno de los coreanos que no era Weng, volviendo algo apurado. Así se entrelazan los sueños de cada uno de los todos y se constituye la “realidad”, multiforme, dinámica, imperfecta, onírica. Un hombre que trabajaba en el barco me ayudó con los bolsos. La realidad no está afuera; está dentro de nuestras cabezas, en nuestro sueño, y es a partir de allí de donde podemos empezar a interactuar con ella y manipularla. Junté todo, guardé los jabones del baño y por las dudas eché un poco de perfume en el aire antes de salir. Simplemente ver, ver lo que pasará tan vívidamente como si hubiera pasado, y el sueño no lo puede esquivar.
Habrá sido por esa sensación algo nostálgica que creí oler todavía a látex, a vómito, todos los olores del viaje de una vez, dándome un último respiro. Y en el entrelazamiento, lo que establece mi oniria no es cuestionado por ninguno de los otros soñadores: es así, las circunstancias del sueño que nadie cuestiona.
Entré a nuestra habitación, que tenía un aire distinto, ya tan de recuerdo; parecía realmente un sueño, que estaba volviendo en un recuerdo onírico. Salvo cuando llega esa chispa de lucidez, en muy pocas ocasiones, y uno comprende que está soñando y que nada de eso es ‘real’. Pese a que me dijo que pronto lo tendríamos todo no pudo evitar que yo volviera al barco para buscar nuestras cosas: así mientras él iba a conseguir un transporte hacia el aeropuerto más cercano yo recorrí por última vez el escenario de ese paseo que nos había prometido un largo, un sereno paraíso, y que abandonábamos entre remolinos, y sin una despedida. Así me llegó esta suerte. Averiguamos y resultó que no tenía, así que debíamos tomar un ómnibus o un tren o lo que fuera para luego ir a quién sabe dónde. Así la aprovecho. Me preguntó si la ciudad tenía aeropuerto, y me costó ponerme estupefacta, porque algo me ganaba de lo que entendía en su cara. Cuando llega esta lucidez y decido no despertar, y me quedo a ver qué sigue, y hasta yo lo dispongo. Nadie se había dado cuenta, sólo nosotros dos nos enloquecíamos, y él, que igualmente había oído más que yo y sabía mejor de qué estaban hablando, aparentemente decidió qué creer y no dejó correr un segundo más para su carrera desenfrenada. Así es tan fácil disfrutar hasta de las pesadillas, que si quiero llegan. Pero el hecho era que estábamos tres días tarde, cómo explicarlo. Sólo es necesario ese poder de concentración, de convicción, que doblega al propio inconsciente. Si te ponías a pensar todo parecía una tomada de pelo del coreano, que lo había agarrado borracho, le había dicho cualquier cosa y después inventó un juego para hacerle creer sobrio lo que borracho había escuchado. Ver tan fuertemente, tan convencido de cómo serán las cosas, que al fin son.” Lo miré, sin saber cómo reaccionar; él me devolvió una mirada que desde la oscuridad me preguntaba qué no entendía.
Después me habló del lugar, y del tesoro.
“Vamos” me dijo. “Te está esperando” me dijo. Creo que él tampoco, no creo que le hubiera dejado el teléfono o la dirección, un coreano a un argentino, para que pase a saludar si anda por ahí algún día. “Yo lo puse ahí, en el centro de la edificación. No lo vi nunca más. No es mi propósito invadir tu cabeza, es sólo un regalo hecho de sueño a sueño. Yo lo vi alejarse, tan apacible que le faltaba silbar, parecía que estaba exagerando para nosotros, o para su sueño, para burlarse, para seguir burlándose de todo el mundo. Como los de los piratas, un tesoro. No sé si aludió algún compromiso o si sólo dijo que no quería molestarnos más, a lo que se despidió y nos dejó parados en la puerta, frente a la costanera, mudos e inmóviles. Ahora está en tus manos (en tu cabeza) encontrar el lugar, es decir ubicarlo, y ver qué hay dentro del cofre, es decir escogerlo. De todas formas Weng pareció comprender, porque frente a ese autismo sonrió (ya cansaba esa sonrisa) y hasta hizo algún chiste que yo tampoco registré porque como él no podía dejar de pensar en eso. Cuando salgamos del restaurant yo dejaré de sostener esa realidad, y entonces deberás hacerte cargo de ella hasta vivirla” Así de concentrado estaba por no perder esa oportunidad, que cambiaría no sólo su vida si se cumplía, sino la mía también. La comida, según Weng, estaba deliciosa. La cara se le empalidecía y las orejas le hervían, casi ni respondió al saludo de Weng, bah, casi ni lo vio desde que salimos del restaurant. Después de su postre y su café, y de que se llevaran cansados nuestros platos fríos, salimos, y empezó mi obsesión. Debiste verlo.

Crescendo de Ernesto Alaimo

CRESCENDO

Miro la estrella, y olvido. Desierto de ambiciones y desgracias. No podré cerrar los ojos mucho tiempo. Los abro y la estrella allá. No puede cerrar los ojos mucho tiempo. Irradiará su luz y llegará a mí (si sigo confiando en azarosas señales estaré perdido y aún creyendo que todo está en mi cabeza; pero están en todas partes, en mi cabeza).
Hay un camino entre la estrella y yo, si empiezo a caminar derecho hacia ella caminaré y caminaré, dos, tres eternidades y al fin llegaré a ella, aunque aquí la vea como en un tapiz. Hay un espacio, un enorme espacio entre nosotros, pero ella está, y yo también, yo sé que ella es un lugar en el que se puede estar, y hay quizá cosas en el medio que quedan hechas nada en mí, y yo nada en los que están atrás (yo sé que te pido mucho, pero te doy todo, y sólo me queda sostenerme en tu presencia). Yo sé que vos estás, aunque a veces sospeche que también estás en mi cabeza y no hay salida para ese maldito círculo, sólo olvidarse, pero cuando estando estás ausente el cuchillo de tu ausencia tiene doble filo, y son terremotos en mi cabeza, en mi cabeza.
Guardo la Historia, guardo la Muralla China, guardo ese farol, la estrella, guardo a Ani, y se van conmigo. Todo nació conmigo, y me los llevo a la Nada cuando en mí todo se apaga. No habrá más Historia, ni tiempo, y la estrella morirá y no será ni lugar ni luz ni tapiz, no habrás más aunque habiendo (Dios quiera), pero ya no puedo volver atrás y apagarme, ya arranqué la máquina y ya sé que todo morirá, para siempre, que todo lo que conocí se apagará como yo y no más. Pero sólo habrá una vuelta, una inercia, si sólo habrá una Muralla China, una Ani, una Mercedes... Ya estoy en este mar. (Yo sé que te pido tanto quizás, pero te doy todo lo que tengo, y cuesta mucho sostenerse, y así no me dejás caer).
Siempre están a punto de matarme, me olvido, árbol, banco verde, Plaza Moreno, noche, noche que crece, toda la noche, 273, El Morenito, tu cara detrás de la profundidad de tus propios vuelos. Pero desde allá igual, yo quiero que estés acá. Y presiento... presiento que si no me tomás la mano empezarán a maquinarse mil desgracias ahí, en mi insomnio, de aquí hasta que vuelva el mundo con su remolino arrasador que hace olvidar y seguir y aplastar y seguir y no ver y seguir. Yo sé que estás en ese otro camino que no va a estrella (pero pasan esos tres hombres y van tres Sol, tres murallas chinas, tres faroles, guardados, perdidos, nosotros paisaje fugaz que ya murió aún en su luz), pero no quiero que olvides
a veces me voy y la boca dice quizá demasiado porque nunca decís nada
y este pozo no sería cielo, este pozo sería dolor, dolor y dolor...
y me voy y me fui, presintiendo que el mundo demoraría mucho en venir, y todo se repitió en mi mente y mi angustia y otra vez en un ciclo ensordecedor de miro la estrella, y olvido. Desierto de ambiciones y desgracias (pero peor). No podré cerrar los ojos mucho tiempo y la estrella tampoco puede simular que no me ve, porque no me ve, pero yo estoy y si viene a mí me quemará y estará quemando algo y destruirá todo un universo, el universo en mi cabeza, en mi cabeza. (Si estas señales que siguen y siguen y siguen y siguen... mi cabeza sólo será una señal de que mi cabeza está pensando demasiado).
Hay un camino entre la estrella y yo, aunque yo la vea como una chispa celeste prendida en una blanda pared que nunca podrás tocar, ni ser dueña, sólo llenarla de latidos y calor y belleza (pero todo más oscuro y lejano). Si yo camino llegaré, pero demoraré mucho más, siete, trece eternidades (¿será el peso de las cadenas que ató tu silencio sobre mí, el peso de nunca decís nada.
Yo sé que te pido mucho, pero soy tuyo.
Sospecha al cuadrado se hace otro remolino en mi cabeza, en mi cabeza. Vos en mi cabeza, y las estrellas y los tres hombres que tienen cada uno el Universo y el reloj de arena esperando la perdición de todo, hasta de nosotros que seguiremos luego de desaparecer, en su cabeza, en mi cabeza.
¿Pero cuántos filos, cuántos filos más tenés guardados para el cuchillo que me acaricia la espalda? ¿Cuántos más?
Y vuelvo a guardar la Historia, París, los océanos, cada pájaro que alguna vez voló por algún pedacito de cielo en algún pedacito de tierra que nunca conoció una voz humana, y guardo a Dios y a los infiernos y a la génesis que me guarda y me salva pero yo también me la llevo con cada muerte hacia la Inexistencia, que siempre está comiendo Todo, que no para de nacer. Todo nació cuando se prendió la luz en mí, momentos que yo no recuerdo y nunca recordaré, pero que el mundo funcionaba mientras yo conocía los colores, las texturas, los sonidos, todo daba vueltas y me decía que nada está en mi cabeza, que estoy creciendo en este mundo abismal, sé que todo morirá cuando la luz se apague en mí y se acabe al fin el tiempo que juega conmigo como mi paranoia con mi amor, y la estrella morirá (pero más vacío, más Nada aún que la misma nada, que es una idea, sólo imaginación, que no hace más que llenar vacíos con vacío, que necesitamos llenar porque si no el vacío chupa lo que está alrededor y nuestro hermoso castillo de nociones se derrumba con el hueco de ¿Dios o no Dios?, de ¿Vacío o algo?, de ¿solos o ciegos?, de ¿Cielo o Infierno?, de ¿más o hasta aquí, o muerte?
No puedo volver atrás, no puedo no haber ya arrancado la máquina y abierto los ojos y empezado a vivir (¿y para qué no voy a querer haber nacido si después de esto, desde aquí, no hay nada?) ¿Qué me importa que afuera de esta dimensión de la vida haya otra Existencia en la que esté (u otra forma que no sea ser) mi líquido esencial si vos estás acá, y ya acá no te puedo encontrar, al lado mío, en mi cabeza, sí azarosas señales, en mi cabeza, y allá no sé si estarás cerca o no, o serás yo o seré vos? No habrás más habiendo (No Dios me lo deje) y Ani y El Morenito serán sombra del olvido, en mí, que no seré.
Yo sé que te pido tanto quizás, pero estoy en vos y lo que es mío es tuyo, y lo que me das se hace mi creación que vuelve a vos tratando de entrar por donde se filtran mis pulsiones. Te pido tanto porque cuando no encuentro tu corazón muero de hambre, y con tus ojos lejos la sed parece perpetua.
Siempre están a punto de matarme (pero más fríos, más indiferentes y bestias y desconocidos), me olvido, árbol, árbol, banco verde, banco verde, Plaza Moreno, Plaza Moreno, noche, noche, noche que crece, noche que crece, toda noche, toda noche, 273, 546, El Morenito, El Morenito, tu cara detrás de la profundidad de tus propios vuelos, tu cara en mi recuerdo más brillante por mi sed pero más opaca porque nunca decís nada. Y presiento que ya lo viví y otra vez y otra vez, y todo va a estallar de mí pero el remolino no lo notará, y seguirá impasible arrasando todo lo que quede por sufrir. Tu otro camino se hace no sólo mi obsesión, sino la obsesión de mi obsesión, en la cabeza de tres hombres, de Ani, en el remolino, en tu camino. Y todo vuelve y todo se va, pero más abajo, un escalón, y luego todo vuelve y se va, otro escalón, escaleras abajo por mi reflejo de ese otro camino que no va a estrella (pero tres hombres son tres Todo, tres obsesiones, tres tu camino, tres no quiero más), pero no quiero que olvides
a veces no sé cómo callar ni cómo decir, y sólo sale lo que no debía decir, porque nunca decís nada. Pero cuando hablás... los soles pasan por mi mundo y cada segundo es un día, y vivo en una palabra tuya, en un gemido, en un amague de decir algo, en un mojarte los labios, lo que sin ellos no puedo encontrar en años, porque lo que sale de tu adentro me hace vivir.
y este pozo no podrá ser otra cosa, ya no sé qué es cielo ni condena, sólo recuerdo el dolor, dolor y dolor...
y recuerdo que me fui, presintiendo que el mundo demoraría mucho en venir, y todo se repetiría en mi mente y mi angustia como ya tantas veces que pasó, bajando escalones hasta que la rueda me saque del barro...
Y cuando volví ya no estabas.
Claro. Porque vos también estás viva.

El Soldado de Ernesto Alaimo

EL SOLDADO

El Milagro me dijo que mi suerte ya no era suerte y que ahora de mi alma pendían muchas marionetas. Y yo le creí.
Tomé el primer tren que llegó a la estación de Tolosa con destino en Plaza Constitución, muy temprano. Ya tendría tiempo para dormir. De la imagen, si la hubo, no recordaba nada; menos sabía de cualquier mapa. Lo único que quedaba era esa sensación nebulosa, indescriptible, pero suficientemente omnipotente como para dominarme por completo, para hacerme levantar de golpe y subir al primer tren. Tan apurado iba, como tratando de evitar que se perdiera el mapa trazado en mi mente, pero que no existía, jugando una carrera contra el viento que esfumaba la silueta del camino que no veía, pero que de alguna forma intuía, tan ajeno era el Astro que comandaba desde el Milagro mi cuerpo, que me había ido de mi casa sin vestirme, sin un centavo y sin reloj. Sólo tenía unos pantaloncitos y una musculosa, que usaba para dormir. Recordé entonces, cuando el tren llegaba a la segunda estación, que no había comprado boleto. Algo en mí trataba de preocuparse por eso, pero yo estaba demasiado ocupado siguiendo esa línea que, si hubiera intentado señalar con un dedo, se habría perdido para siempre. Mi cuerpo me pedía un poco más de sueño, pero también se lo negó el Astro, el milagro me demandaba entero. Pero sí me permitió juntar esos retazos sueltos, seguramente para un futuro próximo. Esas palabras incoherentes, salidas de un sueño, ariuts, ulrstugt, snobsnao, ¿de dónde habían salido? Recordé también un sueño de una noche anterior, donde me encontraba solo, en la noche de lluvia, en un campo desierto, apuntalando un bloque de piedra con apuro. ¿Cuándo lo había soñado? Llegó el boletero y lo miré esquivamente, con los ojos apuntando a otra parte pero con la atención centrada en ese borroso costado que ocupaba aquel guardián de los senderos. Pero ése, esta vez y sólo esta vez, no era su sendero, ni el mío, por lo que yo nada le debía ni él nada a mí, quizás todavía. Sé que me miró, fue cuando dijo “Boletos” en alto pero hacia mí, e hizo sonar su pinza perforadora. Se quedó quieto unos segundos, con su cara en dirección a mí, pero luego volvió a caminar hacia la otra cabina. Y fue entonces cuando, con la poca energía que consagraba el Astro al pensamiento, empecé a pensar que el Milagro no tenía barreras, que era supremo. Todos los hombres, fueran quienes fueran e hicieran lo que hicieran estarían siempre bajo su merced invisible y jamás podrían escapar a la fuerza de ese fenomenal elemento, imposible de conocer pero tan cierto, el elemento que gobernaba las almas de los hombres y quizás en otros mundos las de otros seres perversos y románticos. Supe que todo ese tiempo en que yo creía haber vivido libremente, en mi casual y efímera existencia, no había hecho más que pasear de un lado a otro en el corralito que me había asignado el Milagro, y que había un afuera, que Alguien me había dejado entrever y que acaso yo estaba buscando. Y ahora que yo ya no era yo, y que mi existencia toda se desvanecía para mi misión, ahora que no era más que un instrumento para salvar a otros instrumentos y sus triviales grandes sueños, sabía que los demás fantasmas estarían a mi servicio, como los pequeños cómplices de su secreto redentor, abriéndole por lo bajo la puerta, revelándole en la oscuridad la filtrada clave. Supe que nadie más que el Milagro mismo con sus manos podría detenerme en mi inercia hacia el lugar señalado por la Constelación, pues todos los esclavos de Él serían también mis soldados, por unos pocos minutos.
Me resultó raro (luego al despertar) que el Astro le hubiera concedido a mi mente la comodidad de reposar, ya que durante un largo tiempo dormí en el tren, y dormí profundamente, con la cabeza apoyada sobre la ventanilla, luego de haber pensado sobre mi nueva y última condición en el Universo, y luego de que se sentara junto a mí un pasajero. Lo pensé cuando desperté, cuando los asientos estaban vacíos y dos multitudes se concentraban de espaldas a mí, en torno a la salida: el tren llegaba a Plaza Constitución. Y consideré también, aunque no me sorprendió, el hecho de despertar justo en el momento en que se detenía la máquina en la estación, como si hubiera estado marcado exactamente el tiempo de mi reposo, hasta el exacto momento en que debía empezar a caminar. Mi viaje estaba perfectamente organizado por la Constelación, allá, donde los astros se reúnen para deliberar sobre su República Universal. Me levanté plenamente lúcido, aunque como siempre, llevado por ese impulso y por el mapa que se mantenía intacto desde el momento en que lo había abandonado, al dormir. Bajé del tren y caminé por el andén con el mismo paso afiebrado e hipnótico de la multitud, yendo pesadamente al embudo, como hormigas. Cuando me tocó mostrar el boleto seguí caminando firme sin dejar de mirar al frente, con un paso sereno, ya esperando que no me llamaran la atención. Y así sucedió. Salí de la estación, y me recibió Buenos Aires. Su cielo me decía que aún no era mediodía, y decidí creerle, ya que no me importaba el retraso. Caminé sin mirar qué calle era la que tomaba. Caminé y caminé.
Creo que el mediodía llegó con su pie para aplastarme desde arriba, y la sed en un momento se hizo escuchar en mí. Sentí que ya tendría tiempo para tomar agua. Sentí que ése era el lugar. Entonces doblé en la primera esquina a la que llegué. Y luego volví a doblar, y lo repetí en diferentes sentidos innumerables veces, como trazando un redundante laberinto. El azar me dictaba simplemente el camino.
Cuando llegué a aquel otro edificio, comprendí todas las vueltas, todo el camino intermedio. Había llegado a la estación de Retiro. Y sentí otro impulso que me hizo entrar. Aún no sé por qué quise leer un diario, pero no lo hice, porque pese a mi serenidad la misión no podría esperar; si anochecía, yo fallaba. Hice lo mismo que en los anteriores pasos: me dirigí a la plataforma que llevaría al próximo tren; mucha gente ya estaba esperando en el andén; pasé la barrera sin vacilar y nadie me detuvo, y me quedé luego en el andén a esperar. Llegó el primero y bajó su población; subí y tomé asiento otra vez en la mitad de una cabina, junto a una ventanilla. En la espera poco pensé, y realmente no sé si pensé en algo, pues ya no era mi mente el comandante de mis acciones. Yo casi no era; mi existencia consistía en un puñado de polvo en movimiento. Arrancó la gigante máquina y arranqué yo. Pasaron algunas estaciones serenas en las que dormité saboreando el mausoleo. Pero luego llegó el boletero, y la que yo creía rutina. Pero no lo fue. Mi cabeza estaba apoyada contra la ventanilla y mis ojos cerrados; mi rostro casi inerte. Sabía que el boletero se había detenido junto a mí, pero esperé a que continuara su camino. Pasaron unos segundos, él dijo la palabra de siempre como para todo el mundo pero sólo para mí, y siguió el silencio y la espera. Pero no continuó con su marcha. Me miraba fijamente, yo lo sentía, y no me impacientaba, pues creía ciegamente en el Plan. Pero la sorpresa me tocó el hombro con fuerza y me hizo girar la cabeza, abrir los ojos, y hasta asustarme. Le vi por primera vez la cara al boletero (no era como yo lo imaginaba, por más que no fuera muy definida su imagen en mí); como en mi cabeza, me miraba fijamente, y con cierta agresividad, como impacientado, o como mirando a un criminal. Me exigió el boleto, y entonces fue cuando mi mente vio un castillo gigante de naipes que caía desde el cielo. No era yo quien se había asustado, no era mi espíritu, sino mi conciencia que se despertaba sobresaltada, en el momento que menos esperaba un asalto. Una comezón me cruzaba el pecho, y sentía mi garganta caliente, porque pensaba que la misión que hasta allí me había llevado, que me había despojado de toda pasión y casi todo recuerdo, que se había adueñado de mi vida y de mi muerte, quedaría ahora inconclusa por culpa de una circunstancia tan banal. Y a causa de ese pensamiento, que revelaba que mi conciencia sabía de qué se trataba todo esto, vino a mí el primitivo miedo a la perdición del mapa, la figura borrosa que arrastraba mis pasos. Mientras la mente volvía tomar el control de mí, me mantuve inmóvil y sorprendido. Luego, hablé. “No... tengo boleto” “La multa son tres pesos” me contestó con su cara impacientada. “No tengo plata” le dije atemorizado por el destino final de quien ni siquiera era yo. “Entonces se me baja en la próxima estación, ¿me entendió? Que no lo vuelva a agarrar sin boleto, porque le hago pagar la multa en serio. ¿Está claro?” Entonces el miedo se hizo para mi mente una horrorosa convicción: el Astro no existía. Era algo imposible de creer, por lo que demostraba que mi mente no sabía tanto al respecto todavía. “Sí, sí, está claro” dije en voz baja, porque al empezar a usar la conciencia, empezaba la noción de la vergüenza, y el temor era que fuera irreversiblemente. El boletero siguió su marcha, y yo me encogí de hombros y empecé a mirar por la ventanilla para disimular mi humillación y para evitar la mirada de los demás pasajeros. No tenía la menor idea de dónde estaba. Cuando el tren llegó a la estación, me levanté. Más fue por la desazón que por el deber, porque cuando vi a lo largo del pasillo, el boletero ni siquiera andaba cerca, pues no le importaba para nada el boleto, sólo la intimidación. Pero de todas formas me bajé, cada segundo más alienado, cada segundo más instintivo, cada segundo menos yo, y más instrumento del Astro que, sin que lo pudiera controlar, volvía a comandar mi cuerpo. Y comprendió mi mente mientras se marchaba que jamás había dejado de seguir el camino, y que el Astro manejaba todos los hilos en su favor: era esa estación a la que yo debía llegar. Pero se atemorizó mi mente de pensar demasiado y tomar la próxima bifurcación como una adivinanza consciente y no como debía ser. Al instante dejé de oír su voz. Cuando estuve en el andén, vi la boletería, y allá no quería ir. Entonces me di vuelta y crucé el andén.
Más allá de los bancos de espera vi un sendero que descendía hasta una calle empedrada, paralela a las vías. Detrás de esa calle, el campo y el cielo. Bajé hasta esa calle, y empecé a caminar por ella hacia la izquierda, hacia lo que yo creía el norte. Escuché del lado izquierdo el motor de una moto, y del lado derecho el canto de los pájaros lejanos, y me conmoví. Ahogué ese experimento tan agridulce y hermosamente animal con una tosca, torpe, humana risa. Rápidamente el Astro se llevó mis emociones por el sonido seco. Entonces ni siquiera sentí pena por ello. Seguí caminando sereno, obnubilado, hipnótico. No escuché nada más. Varios minutos siguió el camino junto a las vías, y yo junto al camino. Luego surgió una curva hacia la derecha, que segundos adelante unía a mi camino con una ruta pavimentada. Tomé esa ruta. Había un paisaje adelante, hacia donde mis ojos miraban, pero yo no lo veía, porque mis ojos ya no servían, al menos no en esa parte del camino. Ya había pasado suficiente tiempo como para que supiera que todo en mí tenía su función para el Plan. Caminé y caminé.
En un momento la sed era implacable, y el hambre todavía más. La sed me raspaba seca la garganta por el polvo respirado y el hambre rugía en las paredes del estómago. Los hombros me empezaron a arder un poco por el sol que aún no empezaba a declinar, pero era infinitesimal su molestia. El sol en sí era un gran obstáculo. El calor, la sed, la luz excesiva. Tenía el ceño acalambrado de tanto fruncirse por la luz del día. Pero todas esas cosas, que en vida me habrían pesado tanto y me habrían desesperado, no me molestaban en lo más mínimo, o sí me molestaban pero no me frenaban, la inercia no les prestaba atención más que la que le permitía la mínima sensación, existente sólo porque era necesaria para que yo pudiera ir hacia mi destino. Pronto la sed sería irresistible, pero hasta entonces yo podría caminar sin inconvenientes. Seguí andando con los estruendos en mi estómago y con la piedra en mi garganta. Encontré tirada en la ruta una botella de plástico vacía; lo consideré un acto si no de piedad, de comprensión. Junté la botella y me la llevé de su anterior destino eterno y efímero, para poder tomar agua si la encontrara después. Pero no usé mis ojos para buscar en el horizonte algún lugar, simplemente esperé a que el futuro me trajera los ríos y las montañas, todo según el Plan. Mi suerte ya no era suerte.
Y el Plan proveyó. La ruta dobló a la izquierda y no la seguí, seguí mi camino derecho. Dejó de ser mi ruta y pasó a ser un recuerdo perdido en vientos ya desde siempre ajenos. Seguí por un campo de yuyos y tierra, con pozos y lomas a lo largo y a lo ancho. ¿Dónde estaba yo? ¿Qué era ese lugar? Sólo en ese instante comprendí la inmensidad absoluta de la Pampa, de la Argentina, del mundo (que no era más extenso que la primera), lo inabarcable de ese infinito. No importaba dónde estuviera, era un rincón del mundo, el rincón que rondaba el portal, uno de los portales a la redundante salvación. Y yo me dejaba llevar por esa tierra inhóspita y (causa o consecuencia) libre. Pero el tiempo con cada maldición que pesaba sobre mi cuerpo se hacía más y más grande e inalcanzable. Los minutos nunca llegaban, los segundos pesaban como gotas de sol sobre los ojos. Luego de un tiempo imposible de reconocer, súbitamente mis talones se levantaron con fuerza y quedé en puntas de pie y abriendo los brazos, como atajándome ante un obstáculo inmediato. Entonces mis ojos se posaron delante de mí por primera vez para ver, y encontré el río que no esperaba, pero que sentía. Me agaché, y, posándome sobre mis rodillas, me estiré hasta el arroyo, y con mis manos junté unos sorbos de agua, que, a pesar de ser el elemento que saciaba mi sed, la multiplicó en forma de ansias y desesperación animal. Me tiré al agua y la bebí desde adentro. No era el sabor que le conocía, porque era más natural, más turbio y más puro, más agua. Mis tragos eran grandes y frenéticos; era como ahogarse por voluntad, una de las cosas más difíciles para un ser. Una vez satisfecho mi cuerpo, volvió a mí el Plan. ¿Dónde había quedado la botella? Estaba fuera del agua, la había soltado al caer al suelo. Salí del río, y el frío húmedo no me molestó. Tomé la botella, y, pese a que ya no tenía sed, la llené, con la misma oscura convicción que me traía desde el principio. Empecé a caminar en la dirección del arroyo, a la izquierda de mi llegada. Volví a alienarme. Como el arroyo casi no tenía corriente, y ésta era opuesta a mi camino, el agua no sería mi compañera, el arroyo lo sería.
El arroyo zigzagueaba por el campo, como una herida en la tierra, llena de sangre, que brotaba de algún tallo en lo alto y se desangraba por el tajo fluyendo sobre su piel de polvo y pastos, uniéndose y creciendo las venas abiertas hasta llegar al último extremo del cuerpo del herido y caer al eterno campo de sangre, rebalsándose cada día más, cada día menos, cada día más. Era la gran barrera que partía siempre al mundo en brazos quebrados, estériles sin su savia, la que separaba su piel y regaba su interior. Y junto a él andaba yo buscando mi muerte. Aún no lo sabía mi cabeza, pero como tantas veces atrás, lo sentía.
Y, aunque había ya empezado a hipnotizarme, esta vez mis ojos vieron más allá del aire que golpeaba mi cara, pero no fue casualidad. El Sol mismo me dio la señal, reflejando su luz en aquella figura erguida, para que yo me detuviera a verla. Me tiré otra vez al agua y crucé el arroyo, dirigiéndome a aquel (ahora podía verlo bien) bloque gris, alto y rectangular desde allá. Mientras caminaba me debatía si lo estaba haciendo a conciencia o si me estaba dejando llevar, entonces comprendió el Astro que debía inyectarme más hipnotismo. Cuando llegué descubrí que era un prisma de piedra pulida, algo más alto que yo, y supuse que era una especie de placa, de homenaje. Busqué en sus caras alguna escritura, y la encontré en el lado opuesto al arroyo. Así quedaba yo, enfrentando esa pared, y detrás el desierto desconocido, sin tiempo y sin nombre para mí, detrás el infinito. Leí la placa que me miraba cara a cara:

EN LA MEMORIA DE ARIUTS ULRSTUGT SNOBSNAO, CUYO LEGADO SE CIERNE SOBRE LA VERDAD DE LOS HOMBRES Y SIGUE NEGADO POR ELLOS, CUYA VIDA SE PERDIÓ EN EL PASADO Y CUYA MUERTE HA CAÍDO EN LA INDIFERENCIA. PERO SU GLORIA ES INFINITA.

La sensación me hacía hermano de la piedra, me hacía padre, me hacía infinitamente hijo anónimo. Mi garganta se cerró bruscamente, mi pecho ardía, mi estómago también, mi cara hervía, mis ojos se secaban muy abiertos. Pero no era pudor lo que sentía, no era miedo, no era pánico, ni paranoia, era ausencia, ausencia eterna, insondable, casi imposible. Lágrimas empezaron a caer de esos ojos recién secos, pero aún faltaría para el quiebre de mi cuerpo, que seguía erizado, que seguía buscando un alma que no estaba. Miraba las palabras, el nombre, el arroyo atrás, y el desierto. Muchas lágrimas eran. Fue cuando todo se quebró en mí y lloré. Lloré y lloré.
Me agaché bajo la sombra de mi mausoleo, con mis manos apoyadas en mis rodillas, cerré los ojos fuertemente, y sollocé, hasta los gritos agónicos. Me limpié con la mano derecha la cara, sacándome esos hilos que dividían mi piel en partes estériles sin su savia, y lloré más. Me apoyé con esa mano en mi memoria de piedra, erguida por mi hijo, mi hermano, mi eternamente anónimo padre. Miraba el empapado interior de mis párpados, masticaba el sudor y tocaba el agua todavía fresca que me pegaba la ropa a la piel, y no sentía nada de eso. ¿Por dónde andaba ya? ¿Acaso me estaba despidiendo? Me erguí de pronto, respirando hondamente y abriendo los ojos con la vista obstruida por la ausencia. Me limpié otra vez con la mano. Y volví a mirar la piedra. Pero me llamó la atención un punto situado a la altura de mi pecho, a la derecha del rectángulo. Era un pedacito de superficie que tenía color celeste brillante, resaltando sobre la piedra gris. Era un color vivo, pero también, aunque liso, como dinámico. Me agaché para verlo de cerca y el color celeste se movió. Pero luego descubrí una pequeña mancha en él; una mancha muy leve, blanca, como de algodón fino. Me levanté rápidamente, y exaltado. ¿Qué había sido? ¿Era mi mano, eran mis lágrimas en ella, o era el agua del arroyo? Miré mi mano izquierda, con la botella con el agua del futuro, el agua del presente. Empecé a arrojar el agua de la botella sobre la cara del bloque, la tiré por todas partes, mientras la superficie adquiría colores distorsionados. Terminé de cubrir la superficie con agua, se acabó el contenido de la botella, cayó la última gota de la piedra que me enfrentaba, y descubrí aquel Milagroso espejo. Me vi mirándome fríamente, aún sin acabar de comprender todos los sentidos del Milagro. Y vi detrás de mí aquel campo, nunca tan ajeno, tan propio, tan ajeno. Pero en mi mano izquierda no tenía una botella, tenía un revólver. Me pregunté quién había construido el mausoleo. Me contesté que había sido mi sucesor. Me pregunté de quién era el mausoleo que yo había erguido. Me contesté que era de mi antecesor. Me pregunté si serviría de algo al fin todo esto. Me contesté que estábamos salvando a la humanidad. Aunque fuera un círculo cerrado que esquivara la intervención de todos los demás individuos, aunque fuera a simple vista un ritual de sacrificio por la piedad de los dioses, el sacrificio era por la piedad de los hombres, era la constante búsqueda de la salvación del mundo entero, generación por generación, el padre crea a su hijo que crea a su hijo que crea a su hijo, todos hermanos. Ése es el sentido, pues nuestro sacrificio no será finalmente vano, pues algún día los hombres y las mujeres del mundo gritarán nuestros gritos, crearán nuestra obra, algún día un hermano nuestro no nos hará ningún mausoleo, y ese día el ritual acabará para siempre, y el Milagro se desvanecerá en la sombra de la pirámide, el último mausoleo, el mausoleo del Astro. Mi reflejo sobre la piedra levantó el revólver y se disparó en la sien izquierda.
El Milagro me dijo que mi nombre ya no era Ernesto Guevara, que ahora volvía a ser parte de aquel héroe espíritu anónimo (que en mi sueño se llamó Ariuts Ulrstugt Snobsnao), postergado escritor de la Historia.